Nunca he sido creyente de la cábala de las fechas, creo que todos los días son buenos para comenzar proyectos, para replantear el trayecto o para cerrar ciclos. Somos muy de proyectos y propósitos, de plazos y términos; somos muy de satisfacernos, pero también mucho de frustrarnos.
Cada nochevieja se ha vuelto una suerte de retiro para mi, menor ilusión sobre las uvas y más creencia que cada cana y cada raspada son una rayita de sabiduría. Cada segundo cuenta atrás del ball drop es como una regresión introspectiva; qué hicimos bien, qué mal, qué corregimos, qué empeoramos. Si bien el transportarse a la dimensión espirituosa ayuda a sentir menos pena, siempre se debe de estar presto al brindis, al abrazo y a comer cada uva con el cronómetro en mano.
El 2017 ha sido para mi una vida, la vida que decidí no vivir durante 28 años. Hice cosas que poco había explorado, que nunca había considerado y que quizá no había tenido tiempo para considerar. Un año de aprendizaje sin igual, de iniciativas y actitudes raras. Hoy del otro lado del calendario, como pocas cosas en mi vida, me arrepiento de muy poco.
La vida parece una serie de televisión o una saga cinematográfica exitosa, los personajes crecen pero nunca cambian. La trama suele ser predecible cuando la conoces a fondo, a veces puede haber giros drásticos, pero al final siempre vuelve el equilibrio primigenio. Algunos llegan, otros se van pero se quedan para siempre.
Respecto a las llegadas me llena de satisfacción ver a las personas que quiero estar acompañadas; ver como crece mi familia, la que me obsequiaron mis padres y la que el camino que he transitado me permitió elegir. Las infinitas muestras de amor y las distancias necesarias.
Respecto a las despedidas: no había sentido tanta tristeza desde hace muchos años, la idea de dejar de ver amigos tan entrañables es algo que me enseñó que hasta el acero se funde.
Comienzo un año lleno de proyectos, con la convicción de trabajar por nosotros en el sentido amplísimo; la pertenencia le dió un golpe de timón a la vanidad y hoy entiendo mejor que nunca que la soledad es la madre de la melancolía. Y no porque le tema, es un potro que ya amansé y eventualmente hago bailar; la soledad no daña si es para encontrarse y no para perderse.
Este año tenemos oportunidades históricas; podemos volver a jugar el 5to partido en el mundial, disminuir la violencia a través de políticas con perspectiva humana, frenar el cambio climático, e inclusive la noble tarea de remover a la mafia del poder del Gobierno de México. Cada una de estas empresas necesitan de elementos indispensables: preparación, participación y compromiso. Lo que se te fue de mi en el 2017.
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