Tiempos violentos II: ¿Qué hace falta para despertar?

La administración de los recursos y la dominación territorial han sido históricamente objeto de discordia y motor de cambio; si bien la democracia supone la conciliación de los intereses contrapuestos a través de la justicia y la paz, en los Estados democráticos contemporáneos no siempre prevalece el Estado de Derecho; prevalecen los Gobiernos como meros administradores de algunas funciones públicas; en muchos lugares solo contemplan las relaciones de sometimiento y violencia, cuando no están ausentes.

De manera degenerativa las posturas contrapuestas en el espacio público han trascendido de la dimensión tradicional de competencia política y mercado libre, hacía una prehistórica lucha territorial, de control de los recursos y de dominación. La adulteración del Estado y la atomización de las organizaciones del crimen organizado, han generado nichos de ingobernabilidad y cruentos episodios sostenidos de violencia. Aunque estas afirmaciones parecieran postulados a nivel macro, es imposible voltear la vista a lugares como el Estado de Guerrero, dónde esta condición de atrofia sistémica afecta la cotidianidad de quienes vivimos aquí.


Tras el último acto de violencia política suscitado en la región de la Tierra Caliente, se confirma la falta de voluntad política de todas y todos quienes ostentan un cargo público; quienes se han curado en salud y lavado las manos, quienes se han puesto a repartir culpas y sacar raja política de la desgracia, quienes (des)gobiernan a la distancia y desde las francachelas. Todos ven la paja en el ojo ajeno. 

¿Es mucho pedir una concertación política por la entidad? Un acto de autoayuda, que por 5 minutos dejen de pensar en la lucha del poder por el poder y se conviertan en verdaderos estadistas, que sin miedo se haga un declaratoria de emergencia de lo que se vive no solo en Guerrero, sino en muchas partes del país. Para estos tiempos violentos se necesita un plan emergente de pacificación, con perspectiva social y humana; programas radicales de empleo y autoempleo, de incentivos a los servidores públicos, de tolerancia cero a la corrupción, de educación plena y con infraestructura digna, que se promueva la cultura de la paz y la fraternidad.  La solución es evidente ¿Qué hace falta para despertar?


El oficio de la simulación como herramienta política.

La revolución de los medios masivos de comunicación ha traído consigo nuevas maneras de entender la comunicación, si bien Sartori en el Homo Videns señala que la televisión ha atrofiado la capacidad de abstracción de quien se somete a su permanente consumo, lo cierto es que la información cada vez es más económica. Y no solo el contenido audiovisual, incluso los contenidos escritos tienen un nivel de resumen que resulta incisivo y pretencioso por sí mismo; internet es un mercado de satisfactores de las necesidades de información.

Esta forma de concebir el mundo de la información se ha trasladado a la política, escuchamos lo que nuestra pasión o decepción nos permite escuchar. Hemos creado un modelo de político sacado de una historieta animada: que regala despensas, abraza ancianos y niños, siembra árboles, etc.; y entre más forzado parezca en el intento de realizar una actividad para humanizarlo, más político parece. Luego, los aspirantes a políticos comienzan su carrera con la suplantación de los servicios públicos obligación del Estado (aquí todos brincan y dicen que no te cuesta nada, pero) servicios que le cuestan al contribuyente y el solapamiento de la inactividad del aparato gubernamental, también es corrupción. Hablando del empobrecimiento de la figura del Político también podemos hacer referencia a su discurso que varía en el tiempo y el espacio, en la posición o cargo público, y depende fundamentalmente del ánimo de los electores; no es pues una consigna personal, principios o creencias propias, es un actor más en el mercado político. Expresiones como “ya hablas como político” se han consagrado en el discurso cotidiano, y más menos significa: decir mucho y no decir nada, y es que las posiciones políticas en México tampoco se diferencian tanto, los temas políticos que se discuten se centran en cuestiones de intereses personales o de grupo, nunca bajo principios específicos de partido o de concepción ideológica.

En el largo y tortuoso camino de la consolidación de la democracia o incluso siendo ambicioso de la cualificación de la propia, se hace necesario interesarse en política no solo para no generar cheques en blanco al votar a un representante, también para obligar a los políticos y a los aspirantes a políticos a que eleven el nivel de discurso. A que se discuten temas trascendentales en función de afinidad axiológica y no como respuesta a intereses particulares; no permitir que nuestros legisladores voten o dejen de votar algo por cuestiones de estímulos económicos por los grupos de interés, el famosísimo maíz.


¿Qué hacer? ¡Participar!. El desprestigio del intereses de la agenda pública ha llegado a llamar a quienes discuten acerca de esta pasajeros del tren del mame, con las obvias reservas de la necesaria prelación de los temas importantes y no importantes. Para esto es necesario desarrollar la capacidad de abstracción, mantener un nivel de regular de información sobre la actualidad y del propio sistema político. Esto no quiere decir que se deba de dedicar uno de tiempo completo a la política, pero lo menos sería lo mencionado. Digamos que estos elementos mínimos de ciudadanía son los anticuerpos o las defensas contra la enfermedad sistémica, los discursos faltos de fondo, los políticos piratas, la política oscura y sobre todo del virus de la simulación como herramienta política.