La administración de los recursos y la dominación territorial han sido históricamente objeto de discordia y motor de cambio; si bien la democracia supone la conciliación de los intereses contrapuestos a través de la justicia y la paz, en los Estados democráticos contemporáneos no siempre prevalece el Estado de Derecho; prevalecen los Gobiernos como meros administradores de algunas funciones públicas; en muchos lugares solo contemplan las relaciones de sometimiento y violencia, cuando no están ausentes.
De manera degenerativa las posturas contrapuestas en el espacio público han trascendido de la dimensión tradicional de competencia política y mercado libre, hacía una prehistórica lucha territorial, de control de los recursos y de dominación. La adulteración del Estado y la atomización de las organizaciones del crimen organizado, han generado nichos de ingobernabilidad y cruentos episodios sostenidos de violencia. Aunque estas afirmaciones parecieran postulados a nivel macro, es imposible voltear la vista a lugares como el Estado de Guerrero, dónde esta condición de atrofia sistémica afecta la cotidianidad de quienes vivimos aquí.
Tras el último acto de violencia política suscitado en la región de la Tierra Caliente, se confirma la falta de voluntad política de todas y todos quienes ostentan un cargo público; quienes se han curado en salud y lavado las manos, quienes se han puesto a repartir culpas y sacar raja política de la desgracia, quienes (des)gobiernan a la distancia y desde las francachelas. Todos ven la paja en el ojo ajeno.
¿Es mucho pedir una concertación política por la entidad? Un acto de autoayuda, que por 5 minutos dejen de pensar en la lucha del poder por el poder y se conviertan en verdaderos estadistas, que sin miedo se haga un declaratoria de emergencia de lo que se vive no solo en Guerrero, sino en muchas partes del país. Para estos tiempos violentos se necesita un plan emergente de pacificación, con perspectiva social y humana; programas radicales de empleo y autoempleo, de incentivos a los servidores públicos, de tolerancia cero a la corrupción, de educación plena y con infraestructura digna, que se promueva la cultura de la paz y la fraternidad. La solución es evidente ¿Qué hace falta para despertar?

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