El proceso de socialización del individuo determina su identidad en la etapa adulta, durante la niñez y la adolescencia se adquiere una fuerte carga de valores y principios que acompañan de por vida. La solidaridad, la pertenencia y la justicia se enseñan tanto como el egoísmo, la indiferencia y la violencia. “Los niños aprenden rápido, son como esponjitas” una común expresión y cierta a medias; puesto que aprenden de sus figuras de autoridad y con quién sostienen empatía. El más claro ejemplo es la vestimenta, los cortes de pelo e incluso la manera de hablar; estos símbolos son difundidos masivamente a través de los ungidos héroes mediáticos, y quizá no tendríamos nada que temer si todos quisieran un corte como el de Cristiano Ronaldo o unos pantalones como los de Justin Bieber, pero qué pasa cuando quieren emular al líder de la pandilla del barrio o actuar lo más parecido posible a algún criminal. Acudí a una plática con el periodista Andrés Oppenheimer e hizo este postulado “Si los niños quieren ser como Chicharito, tendremos estadísticamente algún Chicharito; si admiran a Steve Jobs, eventualmente surgirá un nuevo Steve Jobs”; sin embargo creo que se quedó corto y le faltó: si nuestra juventud admira al Chapo Guzmán…
Las construcciones culturales en parte son producto de los estímulos del medio donde se desarrolla la persona, peligrosamente en México la cultura de la violencia y el arribismo prevalece sobre la del emprendimiento, la solidaridad y la paz. Un claro ejemplo es la motivación de algunas personas para ingresar a la política activa, los más hablan de hacerse ricos rápidamente, tener poder e influencia, y los menos de transformar el entorno. Esta última afirmación se confirma al partir de lo que vemos, leemos y escuchamos; fulanito ya estrenó coche, menganito opera un negocio sin regulaciones, sultanito entró y salió de la cárcel sin problemas. La indiferencia a la impunidad también se hereda, “Al fin no les hacen nada”.
¿Y luego, me pongo a llorar? ¡NO!, lo que nos corresponde es promover los valores y la cultura que queremos que prevalezca, si bien los cambios no se hacen de la noche a la mañana, muchos países han transformado su visión hacia sus expectativas de vida; que los fines últimos de una carrera profesional, un oficio o un emprendimiento no sean una cuenta en Panamá, más bien una vida tranquila en un barrio seguro, con oportunidades de futuro para las próximas generaciones y la certeza de que el Gobierno ni siquiera debería de ser una opción laboral pues no es sinónimo de opulencia.
El amor a la comunidad se enseña a través del ejemplo, quizá debamos de dejar de lado la cultura del odio y la amargura, y comenzar a promover la cultura de la solidaridad. Privilegiar el culto al Progreso y olvidarnos del Culto al caos.

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