-Ahí va el golpe, si no se quitan me los llevo-
Gritaba un señor de edad avanzada que empujaba un diablito con apenas una bolsa.
-Ya mero, la otra vez me le eche de frente a uno que traía hartos tomates y me lo llevé-
Le contestaba otro señor de la misma complexión que venía y se encontraba de frente con él.
Los mercados son un universo, cada nave una galaxia, cada puesto un mundo. Ya casi era el medio día de la víspera de navidad, todo mundo compraba lo último para la cena, el mismo señor del diablito les ordenaba hacer dos filas para organizar el tránsito de gente por los pasillos:
-Dos filas, una va y otra viene-
Lo que todos apurados ignoraban, arremetían contra bolsas y canastas con tal de salir rápido de la turba; tumbaban los montonsitos de chile, pateaban los rábanos y de vez en vez recorrían la manta de plástico de las vendedoras del piso.
No todo era desorden y ruido; en uno de los mundos, más bien un satélite itinerante, todo era discreción y persistencia. Por las mesas del área de comida se paseaba un sujeto de apenas 1.20 de estatura y unos 11 años de edad; cargándose una red de cacahuates y ofreciéndolos a media voz con apenas ganas de vender.
-Cómpreme cacahuates-
Ofrecía sus bolsitas polvosas recargado en la mesa con un codo y con la cabeza de lado. Gracias, no, a la vuelta; el repertorio más sonado. No pasaba ni medio segundo cuando parecía que ya sabía la respuesta de las personas y seguía en su trajín silencioso.
Al pasar por la mesa que departía Doña Olga, ella se mostró dudosa a la primer oferta del cacao de tierra; al ver al desorientado mercader fracasar en el siguiente intento, le llamó:
-¡Cacahuates ven! dame una bolsa, ¿Quieres una picadita?-
El pequeño asintió con sigilo, y Doña Olga casi como si el niño fuera una figurilla los sentó y le acerco una picada y una quesadilla de champiñones que tenía tanto epazote que las lombrices del cacahuaterito seguro no la libraron.
-¿Quieres agua o licuado?-
El comensal ni se inmutaba
-!Traigale un licuado¡-
Ya se notaba que batallaba al pasar la picada.
-Me da la cuenta y ahí le dejo a este niño comiendo, si no se la acaba se la ponen para llevar-
Ordenó la marchanta al ver que su convidado quien había botado la malla de cacahuates por un lado y que le volaban los pies de la silla, no tocaba ya su comida y estaba hipnotizado tomando su licuado.
-Canela, canela, 10 lleve su canela-
De entre unos huacales en las fruterías salía la voz infantil pero incesante de un vendedor invisible, al mirar más allá de lo evidente, otro mercader pueril ofrecía su venta. Un pequeño individuo con senda cubeta, blandiendo un rollito de canela en la mano y el asa de su cubeta en la otra.
-Acércate al paso Canelas, ahí ni te van a comprar-
Le dije, una cubeta de tejocotes en conserva mediante, le di un billete de 20 pesos y me dio dos rollitos de canela.
-Son para ti, tu navidad-
Devolví la canela y continué mi camino.
Al volver a pasar por las picadas me hizo ilusión el poder volver a ver al de los cacahuates, preguntarle si le había gustado, de dónde era, cómo se llama; y al voltear a la mesa vi a un niño de la misma complexión, solo que este estaba con quien seguramente eran sus padres y tras soltar el aire me resigne a no saber nada más del cacahuatero.
Ya de salida a lo lejos veo lo que parecieran dos chaneques elucubrando alguna travesura, junto a ellos una malla de cacahuates y una cubeta con canela; en efecto, el cacahuatero y el canelas degustando lo que a mi parecer era la colación ofrecida por Doña Olga y una bolsita con licuado.
Entendí entonces que seguramente se percató igual que yo de que la quesadilla de champiñones tenía un exceso de epazote y espero a su compañero para curarlo de los bichos. :)
Mucho o poco, lo importante es compartir.
Feliz Navidad.
