Dice Carlos Puebla que esos demonios de antes, esos que ganaban el ciento por ciento y echaban al pueblo a sufrir, pensaban seguir conspirando para seguirle explotando, y en eso llegó Fidel. También Silvio asegura que con un cañón del futuro le abrió paso al porvenir de la Isla, que entendió que hacer la revolución sería la paz del futuro. Y no se equivocaron.
Tuve una infancia romántica, mis cuentos de niño eran tertulias revolucionarias; las hazañas de los barbudos de verde olivo eran mis historias de caballeros y dragones. Entendí que en algún lugar del mundo se habían encontrado hombres tan feroces como el tamaño de su corazón, y crecí dibujando en mi cabeza como sería la Cuba Revolucionaria.
Hasta hace poco tiempo tuve la oportunidad de conocer la mayor de las Antillas, me embarque en un viaje en solitario a descubrir la tierra prometida. Investigue cuanto pude acerca de los pormenores del viajero y decidí con poco tiempo partir. Hasta antes de salir del aeropuerto de La Habana todo parecía normal, llegué de noche por cierto, tomé un taxi con la previsión del regateo y me llevó al hostal donde establecería mi posada.
Yo creo que había tenido en mi cabeza tan metida la iconografía del Che que la misma primer noche llegó al hostal un argentino, David con quien hicimos mancuerna para adentrarnos en la jungla Habanera. La primer mañana nos presentamos formalmente con Mirella y su familia quienes llevan el hostal, nos rezó las reglas del lugar y compartió con nosotros las precauciones naturales de un lugar turístico. En eso quisimos prender el google maps y otra aplicación que había descargado de mapas, y oh sorpresa, no funcionaban; el internet en cuba solo se ofrece a través de wifi con una tarjeta de prepago en sitios públicos. Mientras ojeábamos algunas guías y mapas que ofrecía Mirella en el hostal, David expresó “Boludo tenemos que regresar a los libros, a lo básico, buscate un mapa”.
Fuimos allá sin mapas, un viaje en el tiempo. Recorrimos por todo un día la Habana Vieja, primero escoltados por mi paisana Sussie y por Christian de el Salvador, moradores del hostal; luego ellos terminaban su travesía y nosotros seguimos por nuestra cuenta descifrando Centro Habana y la vida cotidiana de los locales. Más tarde nos encontramos a Hanói, cubano de mediana edad que hablaba hasta por los codos, recién salía de trabajar y se ofreció a guiarnos; hicimos cosas de turistas, fuimos a por huarapo, mojitos, habanos y cerveza. Nos invito a comer en un paladar (como se les llama a los restaurantes allí) una suerte de chuleta asada con arroz congri (arroz con frijol guisado en manteca) a esas horas de la tarde nos cayó de perlas. Cuando nos despediamos le pregunté si tenía hijos o si conocía a alguien a quien le gustaría recibir un balón de futbol que yo traía en mi maleta, se me hizo lo justo por haber sido invitado a comer, y me contesto que si y que le gustaría que yo lo entregara personalmente. Fuimos por el balón a bordo de un almendrón (coches antiguos que sirven de taxis) lo recogimos y nos dispusimos a ir a entregarlo, sin embargo, había un pequeño detalle, el balón no tenía aire y las válvulas no son un instrumento muy popular entre la gente en Cuba; recorrimos algunas cuadras en busca de una ponchera (un taller de reparación de neumáticos) ya ahí el señor que atendía el local no se como con un tubito improvisado infló el balón a la perfección. Nos fuimos a la casa de la madre de Cristopher, hijo de Hanói, vivía por el lugar. Hanói no dejaba de llorar pues decía que hace algunas semanas su hijo le había pedido el balón y no había encontrado forma de adquirirlo. Llegamos por fin a la casa, una posada matriarcal de cuatro generaciones, Entregamos el balón y nos sentamos a conversar con la Abuela, Madre y con las tías de Cristopher mientras nos tomábamos un café que luego se convirtió en ron mágicamente. Todo mundo contento, el niño ya haciendo los primeros desfiguros con la pelota, pero bien; entendí que tener las condiciones mínimas de vida, aunque ajustadas, no te hacen que se te olvide sonreír.
Por la noche se hacía una especie de ritual en el hostal, alrededor de las 8 de la noche se reunían los posaderos para hablar un poco de su cultura, planear salidas en conjunto o simplemente tomar un vaso de ron havana 3 años, que nunca faltaba quien portara para compartir. Mirella se sentaba a hacer cuentas, organizar los cuartos y llevar sus reservas al día, Hani su hijo miraba una televisión análoga, y Mima la abuela cuidaba de una de sus bisnietas. Entre uno y otro momento alguien les preguntaba cosas de la vida cotidiana, como la atención médica gratuita de la cual habían hecho uso en varias ocasiones por intervenciones complejas y comentaban que no les cobraban ni medio kilo (las monedas de centavo de C.U.C que valen muy poco). También que Hani, había practicado mas de tres deportes, sin que alguno le apasionara más que la televisión, pero que de los cuales todos los aditamentos como el Karategi o la manopla de beisbol les generaban un costo oneroso, o el propio uniforme de la escuela que se adquiría a través de un bono escolar. En esos coloquios internacionales de comedor pude conocer personas muy entrañables como Kostas (GR) Ben (AU) Angelo (IT) Julian (DE) Fabian (DE) Tilman (DE) Anna (ES) Medhi (IR) Hadi (IR) Israel (CS) Paco (MX), personas que hacían el mismo viaje de descubrimiento, con quienes hace falta compartir un momento para saber que no eres el único loco en el mundo que valora más las experiencias que las pertenencias.
Organizamos un viaje en grupo hacia un club en el vedado, una zona con menos necesidades de restauración que la Habana Vieja, fuimos en varios almendrones y ya en el lugar se impuso la supremacía latinoamericana a la hora de bailar. Ahí conocí a Marco y a Gary un par de primos cubanos celebrando el regreso de Gary desde Miami; me contaban que desde hacía una semana que había llegado el joven chef, su rutina diaria era jugar al xbox en el día y salir en la noche a encontrarse con sus amigos en la calle G, un lugar donde personas jóvenes con uniformes laborales, escolares o ropa casual se reunían cotidianamente, ahí entre sus amigos y amigas me mostraron una calidez sospechada, a reserva de que David opine lo contrario, sentíamos que conocíamos a esas personas desde hacía mucho tiempo atrás. Esa noche casi todos y por nuestra cuenta volvimos temprano al hostal, por cierto a pie en calles poco iluminadas y solitarias pero a salvo, pues al otro día se presentaban los Rolling Stones por primera vez en Cuba y había que llegar temprano a la Ciudad Deportiva para tener buena perspectiva del magno e histórico evento. Todo el mundo hablaba de eso, en las fiestas era el principal tema de conversación y la razón aparente de cualquier arribó a la Habana.
Casi al medio día escuche los gritos de Mima “¡Misa! ¡Gordito! ¡Ya te dejaron!”, quienes me conocen saben que soy aficionado al enredamiento de sabana y no había escuchado mi alarma, así que cuando me levante todo el hostal estaba vacío, todos habían tomado camino rumbo al concierto y me habían dejado, entonces cogí mi kit básico de supervivencia: mapa, lentes obscuros, libreta y teléfono(con telcel podía enviar y recibir sms y llamadas) por cierto recibí una llamada mientras iba en camino era…
