"¿Qué es México? Los norteamericanos comúnmente llaman a México <Nuestra República Hermana>. La mayoría de nosotros la describimos vagamente como una república muy parecida a la nuestra, habitada por gente un poco diferentes en temperamento, un poco más pobre y un poco menos adelantada, pero que disfruta de la protección de leyes republicanas: un pueblo libre en el sentido en que nosotros somos libres." Así comienza John Kenneth Turner su relato México Bárbaro (1910) dónde describe las condiciones de vida del México pre revolucionario; donde en pocas palabras define la condición del pueblo mexicano frente a su gobierno. Más de cien años después, no hace falta ser extranjero o periodista para darnos cuenta que seguimos teniendo el mismo temperamento, seguimos siendo pobres, poco adelantados y de algún modo libres.
Y es que hace falta solo un poco de amor propio para no aceptar que las condiciones de marginación son intrínsecas a la genética nacional; la persona con el mínimo de auto estima se negaría a pensar que el atraso y la pobreza que se vive en México son insuperables, que debemos asumir el rezago como un rasgo y no como una crisis. Sin embargo, la postergación de la revolución mexicana se convirtió en una suerte de letargo permanente, en una expectativa barata y duradera; vivimos esperanzados en el cambio, yo apenas llevo un cuarto de siglo y desde que tengo memoria toda la oferta política habla del cambio, de lo nuevo, de lo que viene, etc., y todo sigue igual o peor.
De lo malo lo bueno, y es que tenemos la cualidad de sumar ante la adversidad y sonreír por sobre la desgracia; ¿a poco no hemos donado alguna vez a una causa benéfica, no hemos escrito amén, dado like o reenviado una cadena de oración en una red social? incluso algunos hemos acudido a un llamado de donadores de sangre al hospital. Sin embargo, la lógica de cooperación que prevalece es la de la emergencia; nos es sumamente difícil resolver problemas de fondo, evadimos los cambios estructurales pero respondemos bien a las crisis inmediatas que nos son perceptibles; con esto quiero decir que la crisis sistémica se vive pero es complicado observarla. No tiene culpa alguna la persona que trabaja casi medio día, que viaja una hora de ida y otra de vuelta a casa o más; de no percibir los grandes problemas estructurales, mientras los sufre como nadie. Por los demás, estamos obligados moralmente a reflexionar acerca de los asuntos públicos, montarnos a la ola de la participación ciudadana, subirnos al tren del mame del activismo desde cual sea que sea nuestra posición política; la construcción de un mundo mejor se hace a través de la confrontación de las ideas sobre la arena democrática del diálogo y la libre manifestación de estas.
Los menos interesados en la política somos las juventudes como sector demográfico, y es que quizá somos la primer generación que se da cuenta de lo que el siciliano Giuseppe Tomasi llamo el Gattopardo y que en política se emplea como gatopardismo que consiste en cambiar algo para que no cambie nada; es decir, políticas de cambio generacional que solo alientan y no expanden los espacios de participación, reformas pretenciosas que lejos de adelantar al país profundizan las desigualdades, lemas cercanos y campañas digitales que siguen prometiendo y no cumpliendo. Entiendo el desinterés al que yo llamaría postergación, pues en el orden de prelación antes de participar en política seguro que se pretende tener una forma digna y segura de vivir, y vaya que eso si es complicado en estos tiempos violentos.
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